Los momentos pueden ser buenos o malos, pueden tener que ver con una persona, un lugar, un sentimiento pero los momentos vividos siempre regresan a nuestras mentes.
Es curioso como una persona en los momentos malos repasa todos los buenos pasados en el tiempo pero también cómo somos capaces de echar en cara los momentos malos. Cuando una persona sale de tu vida, es como si todos los momentos malos se esfumasen en un instante y solo recordásemos los buenos vividos a su lado pero más curioso resulta cuando aún compartes parte de tu vida con esa persona, eres capaz de sacar todo lo malo que ha pasado en un momento solo con el afán de escudarte detrás. Rebuscas y cavas dentro del hoyo para encontrar todo lo que pueda crearte una pared de fuerza y protección.
A veces, la mayoría, esos momentos son verdad y si se piensa con la cabeza fría uno se da cuenta pero a veces las verdades resultan como sal en una herida y escuecen más incluso. La verdad duele y eso es una realidad indudable.
Lo triste es no poder desahogarse con alguien que realmente comprenda sin meterse en medio, no poder decir algo que te atormenta sin que piensen que hablas mal de esas personas cuando en realidad no tiene nada que ver, hablas de ti, de lo que te ocurre y lo que piensas.
Esa pared de protección que he mencionado antes se esfuma cuando la compañía también. Cuando te encuentras sola, cuando esa soledad no es solamente un sentimiento sino realidad, esa pared se convierte en un mar de lágrimas que te ahoga y te asfixia. Se convierte en una losa anclada a tu tobillo que te lleva hasta el fondo sin remedio y pasas el día y la noche pensando en ello, derramando lágrimas sin venir a cuento y con la mente perdida en las nubes, unas nubes negras cargadas de tormentas que de un momento a otro deben desatarse y lo difícil de todo esto es tragárselas y no dejar que llueva para que pase la tempestad y llegue la calma. No tener a alguien a quien contarle tu tempestad para que no descargue encima.
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